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21 julio, 2008

EGO TE PROVOCO III



Spiderman: Esta peli es de facto una TV Movie camuflada como Blockbuster veraniego. Visualmente es la risa, con focos a lo matinal californiano y con un nulo diseño de producción que convierte cualquier braga de Tim Burton en Tiziano. Actores patéticos: el que hace de Spiderman padece autismo en 1º grado, y la Dunst es boba en el peor de los sentidos. Guión irrisiorio; patéticas transiciones, diálogos sin ningún tipo de dramatismo, pseudo-filosofía para bobos ("Un gran poder lleva una gran responsabilidad"; esto es como decir "Cuidado con el gato") y escenas de acción que convierten a James Cameron en Stanley Kubrick. ¿Razón de su triunfo? Miles de niñatos granudos que se emocionaron con el tebeo, y esperaban una adaptación con una calidad mínima.

Hellboy: Bueno, yo creo que Del Toro es más listo de lo que aparenta. Pero como todos los tebeístas metidos a directores se cree que su público es tonto. Los excesos cinéfilos son lamentables: la escena inicial es el final del arca, el will meet again de Dr.Strangelove con el nazi, los nulos enemigos, el guión sin desarrollo ni enlace, etc. Si bueno, ver al ex-monje mongol de El Nombre de la Rosa convertido en Hellboy mola, y al friki ochentas medio el carácter cómic le encantará. ¿Pero que hay detrás? Nada, el guión no existe, los personajes aparecen y desaparecen, y acaba todo en una sucesión de explosiones ridículas.

Dos policías rebeldes: Si dentro de 50 años, cuando tenga canas y pensión, se hace una retrospectiva de Mr.Explosiones, la obra primaria y cósmica debe ser ésta. Con Michaelcito Bay la cosa ya no es que la productora imponga criterios comerciales, sino que es el propio Bay el que mete todos los topicazos de brainstorming de marketing en un flim. Negros enrrollados, estética mafia de miami, pistolones y comentarios divertidos. Si Arma Letal era la versión café con leche de las pelis de coleguitas policias, Dos Policías es la versión duple nigger de la fórmula sin todas las virtudes de la original (ausencia de mullet, joe pesci -el quique camoiras americano- etc.).

Gangs of New York: Para Scorsese los gangster son como para Bergman los pastores evangélicos o para Ridley Scott los ventiladores; una especie de obsesión. Hete tu aquí que el coleguita ficha al ex-zapatero Daniel Day Lewis junto al carabollo Di Caprio para realizar un relato épico de los ganster a mediados del XIX. Claro uno deviene a pensar que la cosa podría molar, a lo Sergio Leone, y no: la peli es una puta mierda. Con diálogos nauseabundamente efectistas, decorados de la Hammer, iluminación de Globomedia Inc., y un montaje videoclipero -repito, una peli de época con el ritmo de un videoclip es como ver a James Ivory dirigiendo a Jackie Chan-, todo se resumen en la bochornosa escena final donde N.Y. (léase con voz engolada de retromongos de revista de tendencias modernitas) se construye a ritmo de los ultrapatéticos U2 (que son tope neoyorkinos).

Princesas: León de Aranoa no ha visto un pobre en su vida: todos a través de los ojos de EPS o las columnas de Maruja Torres. Es el típico tonto que se compra el No-Logo y se flipa en colorines. Como cualquier pijo con problemas de conciencia -esencia de la socialdemocracia en España-, se redime a través de sus acciones. Y éstas son las pelis. Princesas es una puti-muvi con realización de telefilme a lo Globomedia, y discurso social de anuncio de compresas. Putas que son princesas; lo cual si el tío fuera Ophuls pues sería lírico; en lugar del Sida la Sifilis y tal. Pero no, el Aranoa no llega ni a Fassbinder y nos hace un retrato vaginocrático de lo que podría ser vivir siendo puta. Hombre no, que esto ya lo hacía Fellini sin moralizar y Eloy de la Iglesia con yonkis divertidos como el inolvidable Pirri. Película para asistontas sociales.

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14 julio, 2008

CRITICANDO II



Un reflexión a cargo de J. P. Bango sobre la crítica de Cine a propósito del reciente estreno de El Incidente, la última de las películas de M. Night Shyamalan


El incidente: Pastiche shyalamanista de escaso interés y menos ritmo
© J. P. Bango

Molesto por el maltrato crítico dispensando hacia el último de sus filmes (la incomprendida y telefilmesca La Joven del Agua), Shyalaman tira la casa por la ventana y tras ella su talento, convirtiendo las constantes de su Cine en una parodia, menos que eso, en el reverso tenebroso de un modo de entender la cinematografía que se niega a evolucionar o a dar saltos hacia delante, no porque se sepa víctima de una cuenta corriente ya saciada, sino porque, efectivamente (y como creían muchos) ya no le quedaba nada por inventar.

Si en El bosque traspasaba los límites de la credibilidad llevando hasta el paroxismo la idea de que no hay final más sorprendente que el de mi siguiente película, El Incidente se convierte, definitivamente, en su testamento: ya no hay idea novedosa alguna que no haya contado antes en sus trabajos previos, y la única que hay, la de la pistola que pasa de mano a mano, se repite varias veces, incluso fuera de plano; la prueba palpable de que, efectivamente, un puñado de buenas ideas (visuales) no hacen una buena película, mucho menos una filmografía, sobretodo si se explotan hasta el hartazgo.

El Incidente, quizá contenga alguno de los diálogos más desafortunados y vergonzantes de todo el cine fantástico contemporáneo, y de un elenco protagonista (y secundario) que no solo no está a altura del resto de los técnicos de la película, sino que se muestran severamente incompetentes a la hora de transmitir, siquiera, la más mínima emoción; ya no hablo de empatía. Capítulo aparte merece Mark Whalberg, el peor actor de su generación, dispuesto a demostrarlo en cada plano y secuencia: más que eso, su falta de carisma no solo sabotea su prestigio sino la esencia misma de la película, haciendo imposible cualquier tipo de identificación, menos con un personaje de tan escaso calado y consistencia dramática. Lo peor que le puede pasar a una cinta de catástrofes, ya veis.

Este déficit interpretativo provoca que algunas secuencias bordeen el límite de lo soportable; especialmente cuando se juntan los dos actores principales, del todo punto desconcertados no ya como personajes que huyen en la inmensidad del caos buscando un lugar donde cobijarse y sobrevivir, sino porque son incapaces de proyectar sentimiento alguno distinto a la repulsa de aquel que pagó siete euros y ahora se encuentra con esto. Y es que jamás se ha visto en el cine un abrazo tan desposeído de afecto como aquél que se brindan los protagonistas cuando creen que van a sucumbir, es decir, al borde mismo del abismo, y se invitan a amarse para siempre y hasta donde lleguen. Ni una conclusión tan deliberadamente explicativa, que traiciona no ya el espíritu de toda la película (que, al fin y al cabo basaba su argumento en la irracionalidad de su punto de partida) sino su propio sentido, ¿o es que acaso no hablábamos de la Existencia?

El Incidente se revela, pues, como una cinta repleta de tópicos y lugares comunes, que ni siquiera es capaz de aprovechar alguna de sus mejores ideas, como ese tren que se detiene en mitad de la nada. Proponiendo, a partir de entonces, otra nueva revisión de La Guerra de los Mundos de Spielberg, de la que extrae, incluso, a uno de sus personajes secundarios, Ogilvy, transmutado aquí en una vieja con aires de bruja y pose diabólica, un personaje que parece (y desea) pertenecer a otra película, esa que no ha sabido reconducir (a pesar de su jugoso punto de partida) el bueno de Shyalaman, el nuevo bluff del cine postmoderno.



El Incidente: Shyamalan explora los orígenes del miedo
© J. P. Bango

Shyalaman pisa terreno sumamente resbaladizo y, sin embargo, sale de él airoso, reforzado, y no porque vaya a contar con el afecto de la crítica (asaz empeñada en vilipendiar sus últimas propuestas) o de sus propios seguidores (algunos de los cuales ya se han manifestado de forma vehemente rechazando incluso las que son sus mejores virtudes), sino porque su Cine vuelve a mostrarse en continua reflexión sobre sus constantes, algo que le acerca tanto al Hitchcock de los años setenta tanto como al Carpenter a partir de El Pueblo de los Malditos, con el consabido riesgo que los procesos de redefinición implican, más y cuando se saben próximos a formatos tan alejados del gusto mayoritario del público, en esencia, target potencial de esta película.

En un momento en que su carrera podría sentirse maltratada, la respuesta del director hindú resuena como un puñetazo sobre la mesa, estableciendo los nuevos límites de su osadía, primero, por seguir haciendo un cine de género en el que nadie cree con similares intenciones a las de hace cincuenta años y, segundo, por hacernos pensar todo lo contrario, con la factura y empaque de una gran superproducción.

Expresa de forma acertada, Tonio L. Alarcón, que “este nuevo trabajo de Shyamalan le certifica como un autor en perpetua huida de su propio éxito “. En efecto, el director hindú no se presta a treguas ni a concesiones; filma lo que le dicta el corazón (esa suerte tiene) y la cabeza (del todo punto influenciada por la “Teoría de Gaia” de Lovelock), y expone cuáles son sus miedos y temores (todos relacionados con la soledad) mientras sus seguidores (y los que no lo son) esperan esa obra maestra que nunca llega de forma plena, pero cuya excelsitud ya se puede atisbar en algunos fragmentos de El Incidente.

Shyamalan no solo aprovecha el cine de género para recordarnos nuestra condición parásita y usurpadora (el argumento, alarmista, recuerda tanto a Ultimátum a la Tierra como a Nausicaa) si no que lo repleta de secuencias de gran inventiva, alguna de las cuales pasarán, desde ya mismo, a la historia: y es que no se ha visto nada más impactante (ni más original) en el Cine de género de los últimos años que esa camada de obreros lanzándose al vacío ante la mirada atónita de su supervisor; o esa pistola, que pasa de mano en mano, convertida en un artilugio diabólico de la que parece imposible (como de hecho así es) escapar. Todo a la luz del día y sin artificios: utilizando el fuera de plano y los sonidos extemporáneos como elementos desencadenantes del terror más irracional, como aquel que provoca la aparición sibilina de un arbusto de plástico… antes de que sepamos que es de plástico. Desde Los Pájaros, la naturaleza no se había mostrado tan despiadada, si bien únicamente se expresa en términos perceptivos, siempre desde el punto de vista de los actores, pues la propia historia se niega a dar una explicación alguna acerca de lo que pasa, y si lo hacen algunos de los personajes lo hacen en términos opinativos, lo que aumenta el carácter turbador de lo que allí acontece.

Shyamalan reformula los principios estructurales clásicos. Por un lado, desprecia la presentación de los personajes iniciando su historia por el acontecimiento, que en segundo término, llamará la atención de los protagonistas. Después, desarrolla la historia mientras sumerge a los personajes en una huida hacia ninguna parte al tiempo que tratan de encontrarse a si mismos y comprenderse; y por último, cuando la conclusión se adviene en el horizonte, encierra a los protagonistas en una casa feérica (directamente salida de El Bosque), ocupada por una anciana misteriosa que bien podía ser una hechicera... o la anfitriona que en ese momento necesitan para encontrar las respuestas que buscan, no ya como supervivientes de un cataclismo universal, sino como víctimas de un terror aún más absoluto: el sufrimiento al margen de aquellos a los que amas.

Shyamalan deja bien claro lo que piensa al respecto.

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09 julio, 2008

A lo HANEKE




VIGALONDO (2007) CRONOCRÍMENES DE LOS NACHO

Cerezo 1: ¿Y este imagen? Si está obsoleta, ¿no?
Cerezo 2: Con el link que pondremos al final, tendrá sentido.
Cerezo 3: ¿Ein?
Cerezo 2: Bueno, qué, ¿nos ha gustado o no?
Cerezo 3: Sin spóiler que, mirad a la derecha, aquí hay peña escuchando.
Cerezo 1: Pues yo estoy algo desconcertado, ¿eh?
Cerezo 3: ¿Por?
Cerezo 1: Joder machos, porque la economía de medios a veces le hace pupa, ¿eh? La fotografía en el plano de...
Cerezo 2: No jodas tío, por ese lado no, que es Nacho, coñooooooooooo. Además, lleva el rollo serie Zetosa, feísta y todo eso que...
Cerezo 3: Mala defensa es ésa...
Cerezo 2: Bueno, pero el SONIDO es acojonante.
Cerezo 1: Eso sí, ¿ves? Los fueras de campo que se apoyan en el sonido dejarían en pelota a su adorado Mctiernan, a cocina vista.
Cerezo 2: Y la música del Mira, a mí me ha molao, ¿eh?
Cerezo 3: Tiene momentos que son bastante de "levantar la ceja" y un "do malvado", ¿eh?
Cerezo 1: Pfffffff, bueno, pero se apoya en el rollo Zetoso y feísta ése, pega. Además, tiene texturas y efectos que son realmente desasosegantes. El mejor trabajo de Mira hasta la fecha es la banda sonora de Los Cronocrímenes, y se acabó.
Cerezo 2: Sí.
Cerezo 3: Sí.
Cerezo 2: Oye, y qué tetas la Goenaga, ¿eh?
Cerezo 1: Para mí, ese momento entronca directamente con la antología que os apetezca.
Cerezo 3: Un gran logro, qué duda cabe. Y espléndida Bárbara ahí, muy sobria.
Cerezo 1: Y no sólo ahí, eh, la tía está muy contenida en toda la película. A mi es la que más me ha gustado.
Cerezo 2: Sí, porque el Karra, pufffffffffffff
Cerezo 3: Pero está doblada casi toda la película, ¿no?
Cerezo 1: No sé, pero en general me ha sonado todo como demasiado falsete, muy a, b y c en todas las citaciones del texto.
Cerezo 3: No te pongas soplapollas. A mí Karra, con toda su mímica de acción, me ha cumplido.
Cerezo 2: Y Nacho, creo que es su mejor papel, ¿eh?
Cerezo 1: En cualquier caso, se ha puesto bien a cubierto. Realmente Nacho es él mismo, dirige la operación y dirige la película. Metalenguaje puro.
Cerezo 2: Sí, cumple, cumple.
Cerezo 3: Oye, la que hace de mujer de Karra no me ha gustado nada, ¿eh?
Cerezo 2: Ni a mí.
Cerezo 1: Es insalvable, qué duda cabe.
Cerezo 2: En los aspectos que NO tienen que ver con Nacho, yo me quedo con el sonido, sin duda.
Cerezo 1: Ya, pero...
Cerezo 3: Porque el guión es una jodida reflexión acojonante, os habrá encantado, ¿no?
Cerezo 2: Me pasa igual.
Cerezo 1: Sí, lo noto.
Cerezo 3: Es que no se me ocurre otra manera mejor de debutar quedándote a gusto: ¿qué homenaje al cine es mejor que una peli de viajes temporales? El cinematógrafo siempre será para todos una maldita máquina del tiempo. Para los que lo ven, para los que lo hacen.
Cerezo 1: Sí, bueno, pero además al Vigalondo es un tema que le encanta.
Cerezo 2: Y no sólo él hace papel de su alter ego, sino que encima Karra hace de espectador, director y guionista de la historia, en cada tramo.
Cerezo 3: Hostias, y ese plano que se sientan "a ver qué pasa".
Cerezo 1: Por no hablar del maldito plano final, que creo que es ése. ¿Cómo lo ha hecho el mamón?¿Cómo "han volado" así?
Cerezo 2: No sé, pero también tiene grandísimos momentos, como La momia rosa autodescubriéndose en el espejo retrovisor del coche.
Cerezo 3: Ostia puta, sí, y realmente eso explica toda la película. Los soplapollas que dicen que hay un fallo en el bucle porque no saben cuándo empieza deberían estudiarse ese momento...¡VIVA LA FICCIÓN Y LOS NO PORQUÉSES!
Cerezo 2: ¿Qué fallo?
Cerezo 1: El mismo que te hará creer que un hombre puede volar, no te jode. Fallo, fallo...
Cerezo 3: El guión es como un post muy inspirado en su blog, ¿eh?
Cerezo 2: Sí, es que la peli es muy Nacho Vigalondo.
Cerezo 1: Sí, y Darkman.
Cerezo 3: JAAJAJAJJAJAJAJAJAJAJ
Cerezo 2: AJAJAJAJAJAJAJAJJAJAJ
Cerezo 1: ¿Qué?
Cerezo 2: El "busco referencias, luego existo" no lo emplees con nosotros, amigo. Que nos (te) conocemos.
Cerezo 1: Joder, pero las vendas y...
Cerezo 2: JAJAJAJA, las vendas dice. Cállate la puta boca.
Cerezo 3. La película es personal de cojones, digo. Y Nacho hace lo mismo que Sánchez Arévalo con su AzulOscurocasinegro, dejar atrás la cinefilia para firmar la película con pluma y espada. Es que la cinefagia mata, todos los cortometrajistas están debutando del mismo palo: "mi película será una referencia a tal, o cuál". Y claro, de eso no se entera ni Dios, y les salen mojones.
Cerezo 1: Y qué tetas la Goenaga, ¿eh?
Cerezo 2: Si, buen trabajo.
Cerezo 3: Secundo.
Cerezo 2: Oye, entonces...¿nos gusta?
Cerezo 1: Nos gusta, sobre todo de texto. Es una película muy remitida a su texto, muy confiada. No quiere estorbar con otros elementos.
Cerezo 3: Coño, sí nos gusta, sí.
Cerezo 2: Es que la debería adorar todo cortometrajista. Es un ejemplo claro de cómo debutar sin dejarte de lado a ti mismo ni a la cinefagia. Y que ésta última encima no moleste a tu película.
Cerezo 1: Eso es.
Cerezo 2: Oye, ¿y por qué no se vende en España entonces?
Cerezo 1: Bueno, ya sabes. Hazlo.
Cerezo 3: ¿Ya?
Cerezo 1: Ya, hazlo.
Cerezo 3: PUES LINKEMOS: http://www.youtube.com/watch?v=Ip0XotpvmmU

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03 julio, 2008

PAUSA PUBLICITARIA

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29 junio, 2008

LOS CRONOCRÍMENES: EL SER Y EL TIEMPO


ATENCIÓN SPOILERS: El análisis que están a punto de leer contiene datos esenciales del desarrollo de la trama. Quedan pues advertidos nuestros fieles. Allá cada uno y su conciencia...



Una vez cada cierto tiempo, ocurre en la pantalla grande algo realmente especial; ocurre en contadas películas, y debido a las tendencias acumulativas de los últimos cines, ocurre cada vez con menos frecuencia. Pero de vez en cuando, una película logra alinear fondo y forma, guión y realización, intenciones y resultados, en una ecuación cósmica capaz de hacernos disfrutar de una forma nunca antes experimentada.

En efecto, es el caso de “Los Cronocrímenes”.

Nacho Vigalondo ha estrenado su película. Una sentencia vulgar a priori, máxime cuando estamos acostumbrados a presenciar los tránsitos de su figura multiplicada en opiniones, banalizada hasta la náusea en el sistema ocular arácnido de los foros de Internet. Pero lo cierto es que ahora nada de eso importa. “Los Cronocrímenes” está siendo proyectada en los cines de toda España, y todos podemos asistir a esta inyección de puro talento narrativo, a este oasis laberíntico que en sus 80 minutos escasos plantea una intensa y gratificante dialéctica con su audiencia. Una película en suma en la que, paradójicamente, se olvida el reloj hasta los mismos créditos finales.

Vigalondo viene demostrando desde los inicios de su carrera en el cortometraje que a su talento le sobran las situaciones amplias: desde “Código 7” a “Domingo”, pasando por la nominada al Óscar “7:35 de la mañana”, su maestría en el empleo del contexto, y su facilidad para no consumir sus creaciones en el mero ejercicio de estilo (sin duda el gran cáncer del cortometraje español actual), le han valido la merecida fama de gran talento, promesa blanca, semilla nueva y demás epítetos monacales. Riguroso e imaginativo teórico de su propio arte, al modo de los cineastas europeos de los 60 (costumbre ésta desafortunadamente en desuso en el cine actual), y fiel a sus acostumbradas premisas minimalistas, en ésta, su ópera prima en el largometraje, le bastan cuatro personajes y un par de escenarios para elaborar un soberbio ajedrez de la lógica y la condición humana.


Resulta arduo enfrentarse al ejercicio crítico preciso de una película soslayando los giros de trama, cuando la misma se alimenta casi exclusivamente de esos giros. En plena era dorada del spoiler, del giro inesperado aunque lógico de los acontecimientos, Vigalondo recicla las herramientas estructurales implantadas por la nueva ficción televisiva americana para ofrecernos, mediante su alquímica labor de cineasta, nada menos que el espectáculo de nuestra propia inteligencia. Efectivamente, la honestidad de su trabajo le convierte en mediador tanto como en artífice: sin semiologías vacuas, sin alardes de realización, con una factura feísta y funcional, nos sorprende con un artefacto sin fisuras, lineal desde el fragmento, capaz de mostrarnos la información en la misma proporción con que nos invita a extraer nuestras propias conclusiones, con un hábil juego de manos que nos desintoxica de la habitual (lineal, incoherente) tónica de las películas sobre viajes temporales.

No obstante, sería injusto adjudicar a este filme la condición de mero ingenio narrativo (que no sería poco). En especial porque este aparato, aún brillante en su concepción, no es más que la perfecta autopista para un festival ontológico en torno a Héctor, el protagonista transformado en inocente antagonista, para finalmente acabar perpetrando un crimen atroz con objeto de alcanzar algo así como un final feliz. Y esto se hace evidente en la medida en que no son tan importantes las paradojas temporales como las emanadas del propio comportamiento del personaje, obligado por éstas: así, durante la frenética cinta, asistimos en primer lugar a la configuración de una Némesis casi mitológica, la icónica momia rosa, para más adelante reconducir el punto de vista hacia una segunda versión de Héctor, que cae en la cuenta de su condición de antagonista y acaba convirtiéndose en una revisión desmitificada del monstruo que le perseguía, en un villano esforzado en serlo. Es esta dinámica de decisiones puestas en práctica según informaciones sesgadas, la que ocasiona que la resolución de un problema cree otro mayor, en una cebolla estructural cuyas capas son presentadas desde el núcleo hacia el exterior, y a cuyo término nos espera una conclusión inquietantemente inofensiva.


La oposición de las cartesianas inclemencias de los viajes en el tiempo al carácter marcadamente humano del protagonista (a pesar de las explicaciones del científico sobre su “doble”, no acaba de entender qué hace su mujer “con otro tipo”), produce por tanto la chispa de un acontecimiento cinematográfico diferente y único, en el punto exacto entre la obra de entretenimiento y la de autor, sin caer en la ingenuidad conceptual de la primera (véase “El efecto mariposa”), ni en la augusta presuntuosidad de la segunda (véase “Primer”). Definitivamente Nacho Vigalondo se revela con su ópera prima como el autor ideal, equiparable en carácter y funciones con el científico al que significativamente interpreta en su propia película: un compañero inteligente y humilde que nos acompaña siempre un paso por delante, preparándonos el terreno para una fiesta sorpresa dedicada exclusivamente a nosotros: la prodigiosa, turbadora e inesperada fiesta de su cine.

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